Guerra de cifras tras la manifestación

La manifestación convocada por el PP y Ciudadanos que ha aglutinado a amplios sectores de la derecha ha hecho sacar de nuevo las calculadoras a convocantes y detractores, para sumar, restar y comparar la cantidad de asistentes: es la guerra de cifras.

La política y la verdad, una relación complicada

Nadie se sorprende ya con este baile de cifras, esta guerra vuelve con cada manifestación, y con ella los que tratan de aumentar o reducir el número de asistentes según convenga a sus intereses partidarios. Así, las cifras oficiales de la Delegación del Gobierno solo son ciertas cuando los que se manifiestan son los del partido contrario –no es casual que sean, por lo general, menores que las que dan los convocantes—.

Y, por supuesto, cifras que en la mayoría de ocasiones son estadisiticamente insignificantes en términos absolutos —excepto las de manifestaciones multitudinarias como las Marchas de la dignidad o el 15-M— se siguen analizando como aplastantes victorias o aplastantes derrotas (algunos hablaban de “pinchazo”), cuando en general no llegan a movilizar ni al uno por ciento de la población. La mayoría silenciosa de la que hablaba el expresidente Rajoy existe, pero funciona en ambas direcciones; siguen siendo pocos los que se movilizan políticamente, y la historia no alberga muchas esperanzas de que esto cambie. “El pueblo llano, cuando reza, pide lluvia, hijos sanos y un verano que no acabe jamás. No les importa que los grandes señores jueguen a su juego de tronos, mientras a ellos los dejen en paz” decía Sir Jorah, y no dista tanto de la realidad.

Toda esta distorsión estadistica e instrumentalización propagandística de los datos de movilizaciones —y casi que de todos los demás campos— convence a cualquiera de que si se quiere entender e interpretar correctamente la realidad política se debe estar lo más alejado posible de la misma política. Porque la naturaleza de la ciencia, incluída la ciencia política, es distinta de la naturaleza de la politica: allí donde una busca encontrar la verdad para explicar la realidad, la otra busca alcanzar el poder para tramsformarla; y el poder no siempre se puede alcanzar con honestidad y con la verdad por delante. No faltan filósofos y analistas políticos que respalden esta tesis: desde Maquiavelo hasta Lenin, pasando por Montesquieu, Malcom X, Robert Michels o Hanna Arendt.

Las manifestaciones son más que cifras

Las cifras del seguimiento son solo un recurso de legitimación y de presión más, pero no son el único ni el principal. Que nadie dude de que la manifestación de hoy no había sido prevista para alcanzar cifras multitudinarias. No era ese su objetivo. Los grandes partidos políticos tienen buenos analistas y un ejército de politólogos y sociólogos que saben calcular el alcance de una movilización, y no es necesario ser un gran analista para saber que la derecha tiene poca capacidad movilizadora en la calle. Sin embargo, lo que sí saben es que los sesgos cognitivos también operan en política y que el

principal efecto de la propaganda es de refuerzo (del voto) y no de cambio, y por esa misma razón, también saben que, sea para hablar bien o mal, colocar un tema en la agenda y crear un clima de opinión ya es una victoria: porque los que te apoyan van a creerte a ti, y de los que no te apoyan, pero tampoco te rechazan, vas a sacar unos pocos apoyos si consigues crear un relato creíble. O, cuanto menos, vas a sembrar la duda sobre si su posicionamiento es el correcto.

Así que, independientemente de la gente que haya sacado la derecha a la calle, esa movilización ha conseguido crear un debate público en torno a la legitimidad del presidente del gobierno. Los que hablan de estrepitoso fracaso tratando de deslegitimar y ridiculizar a los convocantes resaltan una parte de la realidad (el bajo seguimiento) y ocultan la otra parte (el alto impacto); o simplemente caen en la trampa de confundir sus deseos con la realidad. Y esto último es demasiado frecuente en nuestra izquierda querida; también esta ha tenido desencuentros con la realidad por su estrecho compromiso con la moral.

En cualquier caso, no deben extrañarnos estas actitudes: son frecuentes en la política desde que nació; la mentira es una herramienta que, en la política como en la guerra, a veces resulta ser más efectiva que la verdad. Y nuestro deber como ciudadanos es tener los ojos bien

Escrito por @maurourios estudiantes de Ciencias Políticas por Universidad Autónoma de Barcelona.

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